viernes, 26 de diciembre de 2014

Sin título


El camino hasta la Casa Grande había sido largo con el carro cargado, dos días con sus dos noches habían sido más que suficientes para demostrar a mi padre que con trece años ya podía viajar sólo. Me salió al encuentro un chico tan joven como yo, que me envío a ver a Francisca, la guardesa. Ya la conocía de otros viajes, era una mujer grande y gruesa, que en ese momento se afanaba en el ir venir de gente a la casa, que ella atendía con cariño brusco y sincero.

Me dió de desayunar en la cocina y una vez hube terminado me llevó donde se encontraba el patrón. Estaba sentado a una mesa robusta, la tripa amenazaba con romper los botones del chaleco y le impedía llegar con comodidad a los papeles que tenía sobre ella. Nombraba uno a uno a cada empleado para darles la paga del mes, los conocía a casi a todos por sus nombres y, cuando se equivocaba nadie le corregía, clavaban la mirada en el suelo y arrugaban aún más la gorra entre sus manos.

Cuando llegó mi turno, la guardesa me presentó como el hijo de Pedro, el de la tienda, que traía los quinientos costales acordados. No regateo el precio que acordó con mi padre, lo pagó sin queja, pero no me miró ni una vez.

Cuando me marchaba le llegó el turno a una mujer vestida de negro riguroso que llevaba un pañuelo tapándole el pelo. Llevaba a un niño de unos seis años entre las faldas, primero le pidió y después le suplicó, que empleara a su hijo aunque fuera por la comida, a lo que el patrón se negó sin mirarla. Ella, con los ojos enrojecidos enmudeció y, el patrón  mirando a la guardesa, dijo: 

- Francisca, dale un trozo de pan a esta mujer y que se vaya- a lo que ella obedeció mansamente, sin hablar. 

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